martes, 10 de julio de 2012

Avenida muerte

He muerto.

Sutilmente.

Solo bastaron unas cuantas gotas para que yo me derramara, para que dejara de estar, de existir en este mundo.

Me examinaron por cuatro horas. Cuatro horas en las que ya no sabía que hacer o como actuar, tanto tiempo alejada de esos lugares, que me sentía casi abducida por ellos. Cuatro horas y me dejaron salir. Salieron los resultados y lo que me temía: negativo, no servía, era obsoleta, tenía que ser desechada.

Y así  fue, me desecharon.

El amor en esos días no podía salvarme, ya no podía confiar ni en él, ni en nadie. Decidí  ya no abrirme de nuevo a nadie, cerrarme siempre. Ya había entregado el último rastro de amor en mi ser, ya no podía más. Lo juro.

Fue en ese momento, cuando todo caía sobre mi, mori.

Ya no respiraba, y todo parecía un sueño.

Y ahí es donde estoy ahora, en ese sueño del que no despierto, sólo encuentro desesperación y agonía.

He muerto.

No hay comentarios:

Publicar un comentario